El Valle de Nipe (II)

   La virgen de la Caridad del Cobre

Virgen de la Caridad.

El comienzo del siglo XVII marca uno de los hitos religiosos más importantes de la zona y de toda Cuba. El primero de abril de 1687, en la parroquia de Santiago del Prado del Cobre y en confesión y juramento del negro esclavo Juan Moreno, de ochenta y cinco años de edad, ante Juan Ortiz Montejo de la Cámara, cura rector de la Parroquial del sitio, se da fe de la aparición, de entre las aguas de la bahía de Nipe, de la virgen de la Caridad. Moreno, que en ese entonces tenía diez años, y los hermanos Rodrigo y Juan de H(J)oyos, indios nativos del Hato de Barajagua, habían visto a la virgen mientras se dirigían a recoger sal a cayo Francés. Al lugar se llegaba atravesando toda la bahía por su parte este.  
La sal común, fundente primitivo con el que se mejora la calidad del metal de cobre, era utilizada en las minas. Es muy probable que a ambos indios, por ser vecinos de un asentamiento cercano a la bahía, les fuera encomendada la búsqueda de la sal. Llevando con ellos al niño Juan Moreno, hijo de un esclavo de la dotación de Santiago del Prado.  
El documento firmado ese día (3), tras una diferencia de setenta y cinco años entre suceso y confesión, registra la aparición de la virgen de entre las aguas de la bahía, dejando constancia, para fe pública, que el lugar de veneración lo sería las minas del Cobre, asentamiento a veinte kilómetros de la capital de la jurisdicción de Cuba (Santiago de) y a ochenta y cinco del Hato de Barajagua, donde fue llevada por primera vez.  
Los hermanos de H(J)oyos, descendientes de taínos, que con seguridad trabajaban en las minas de cobre de Santiago del Prado, llevaron la virgen hasta Barajagua y le construyeron un lugar de veneración. De alguna manera y sin explicación documentada, la virgen fue trasladada a la mina en fecha desconocida, pero cercana a su aparición en 1612, dado el arraigo presente en el pueblo minero al momento de redactar el documento. ¿Qué puede explicar, en fecha tan temprana, el reconocimiento de la virgen por el poder colonial?
La ciudad de Cuba había perdido, mediante Cédula Real de 1607 y apenas cinco años antes de la aparición de la virgen, su condición de capital de la isla. Aunque desde 1556, cuando San Cristobal de La Habana fue declarada punto de reunión de la Flota de Indias, las funciones de centro político y comercial se habían trasladado al occidental puerto de Carenas.
La iglesia reconocía, mediante el documento de confesión de Juan Moreno, la existencia de la veneración a la virgen entre los pobladores del lugar. Al este pertenecer a la jurisdicción de Cuba, la leyenda le añadía valor y reconocimiento a la ciudad ante el poder colonial. Aunque el hecho nunca fue tomado en cuenta para tal reconsideración, en aquel momento pudo haber sido uno de los motivos del reconocimiento parroquial, después del hecho más importante de todos: la sublevación de los esclavos diez años antes de la redacción del documento.
El lugar comenzó a poblarse en el año 1530, fecha en que fue descubierta una mina de cobre. Este metal, por ser utilizado en la fabricación de armas, tenía un valor estratégico para la corona española. El Rey Carlos I ordenó adquirir una dotación de esclavos y comenzar la explotación de la mina. Por ser una dotación con características especiales, el Rey les otorgó a los esclavos ciertos derechos.
En 1597, el capitán Francisco Sánchez de Moya llegó a La Habana, procedente de Cádiz, con la misión de explotar las reservas cupríferas que existieran en el país. Luego de dos años de prospección en diferentes lugares de la isla tomó posesión de las minas cercanas a Santiago de Cuba. Su acción colonizadora comenzó el 8 de enero de 1599, al plantar una cruz y bautizar el lugar con el nombre de Santiago del Prado.
Había llegado con dos fundidores más algunos peones. Multiplicó las labranzas para garantizar el sustento de los esclavos, sembró yuca, maíz, plátano, caña de azúcar. Fabricó tejas para la casa de fundición, construyó los hornos, hizo carbón, curó pieles para hacer tres fuelles con cueros y madera. Hizo caminos, un sitio en torno a los bohíos y hasta una campana para la iglesia, que en un primer momento fue de guano. Finalmente comenzó los trabajos a flor de tierra para extraer las piedras con el mineral. Además de los técnicos con los que había viajado, contaba con una fuerza de trabajo previamente adiestrada que heredó de los anteriores asientos.
En 1607, Sánchez de Moya solicitó autorización metropolitana para fundir 30 quintales de cobre para la construcción de las pailas de su ingenio del hato de Barajagua. En 1610, los esclavos tenían oficios de mineros, carboneros, fundidores, herreros, serradores, boyeros y arrieros, pero no todos los esclavos trabajaban en la fábrica porque Sánchez de Moya, además de las labranzas, había adquirido un hato de ganado mayor fomentado con 800 reses (era parte del de Barajagua), añadió el hato de Puerto Pelado y un corral de ganado menor.
Aunque en 1620 se le entregó el asiento de las minas a Juan de Eguiluz, ya las condiciones originarias habían variado, resultando mucho más difícil su explotación. Detrás de todo estaba su ambición por el fomento de las fábricas de azúcar. Dos años más tarde, por la mala gestión de Eguiluz, los esclavos estuvieron a punto de rebelarse.
En 1648, la administración de las minas pasó a manos Francisco Salazar y Acuña, yerno de Juan de Eguiluz. En la práctica, las labores de extracción y fundición terminaron por extinguirse definitivamente. Salazar nunca pudo cumplir con las exigencias impuestas desde la metrópoli para saldar la deuda de su suegro y la que él contrajo.
En 1653, el ochenta y tres por ciento de los esclavos eran criollos y ejecutaban labores calificadas: fundidores, herreros, músicos, maestros de carpintería, caldereros y un maestro de hacer azúcar(4).
Mediante Real Cédula del 30 de mayo de 1670, Francisco Salazar y Acuña tuvo que entregar la administración de las minas y fue puesto preso por el gobernador del Departamento Oriental Andrés de Magaña, al ser deudor de más de ciento veinte mil reales del asiento. En 1677, siendo Rey Carlos II, el teniente de gobernador de La Habana, Juan Antonio Ortiz de Matienzo, debía averiguar cual era la situación existente en la mina e inventariar todo con vistas a la venta a algún vecino o en su defecto vender los 275 esclavos que residían en ese momento. Unos cien de ellos se alzaron en las montañas que rodeaban el lugar. Juan Moreno, en representación de los esclavos y al conocer la decisión del Rey de vender a toda la dotación y trasladarlos hacia La Habana, le envió al Juez Don Antonio de Matienzo un carta de petición(5). La carta, considerada como texto fundacional, no solo de la villa El Cobre sino también de una incipiente y temprana cubanía, le pedía al juez su intermediación ante la decisión del Rey de trasladar a los asentados hasta La Habana y venderlos.
Las bases que sustentaban tal petición, escritas por el mismo peticionario y con mucha certeza elaboradas, según transpira la lectura de la misma, por una parte de los pobladores, era la unidad familiar y el arraigo a la tierra de nacimiento. En casi ciento cincuenta años desde su fundación, habían nacido allí varias generaciones de la primigenia dotación de  esclavos asentados por ordenanza Real. El cumplimiento pacífico del trabajo en las minas y la obediencia mostrada durante todo ese tiempo, expresaba la esperanza de los esclavos en la concesión Real de la licencia solicitada. Trasciende en la carta que ellos, considerados históricamente en posesión de ciertas libertades otorgadas por el Rey al momento de establecerse la comunidad, formaban parte de una estructura civil al servicio de la comunidad, al trabajar no sólo en las minas, sino también en diferentes labores, oficios y profesiones. Igualmente la petición nos informa del cumplimiento de labores de apresamiento de negros fugitivos, lo que refuerza que la población del lugar tenía concesiones muy diferentes al resto de la masa esclava de la isla. El propio Juan Moreno era capitán del lugar, según se expresa en el juramento de confesión, lo que implica una estructura militar que velaba por los intereses civiles, tanto de las autoridades coloniales como de los pobladores. La presencia de la virgen, como guía espiritual del asentamiento, refuerza todo lo anterior. Aunque no se hace mención a la virgen en la carta de petición, se puede corroborar su arraigo entre los pobladores en la declaración y juramentación que haría Juan Moreno diez años después.
El reconocer la veneración a la virgen, mediante documento público, por los habitantes del lugar como su patrona y protectora, era un hecho que sería bien recibido por los pobladores de la villa y con ello evitar otro acto de desobediencia civil, además de reforzar la evangelización, acto primero de la iglesia católica en su misión americana.
Como dato que ratifica las condiciones especiales de los esclavos del asentamiento, el 19 de mayo de 1801, a través de la mediación del padre Alejandro Ascanio, los trabajadores semi esclavos del Cobre obtuvieron su libertad por Real Cédula –ocho décadas antes de la abolición de la esclavitud en Cuba–, la cual fue leída ante la Patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre.






Canción a la virgen de la Caridad del Cobre. Polito Ibañez






Canción a la virgen de la Caridad del Cobre. Celina y Reutilio


Notas


(3) Transcripción de fragmentos de Depósito de Juan Moreno en la aparición de la virgen”. 1687.  


Dijo que sabe este declarante que siendo de diez años de edad fue por ranchero a la Bahia de Nipe que es en la banda del norte de esta Isla de Cuba en compañia de Rodrigo de Joyos y de Juan de Joyos que los dos eran hermanos y Indios Naturales los cuales iban a cojer sal y habiendo rancheado en Cayo Frances que esta en medio de dicha Bahia de Nipe para con buen tiempo ir a la salina.
[f. 13v] Estando una mañana la mar en calma salieron de dicho Cayo Frances antes de salir el sol los dichos Juan y Rodrigo de J[H]oyos y este declarante embarcados en una canoa para la dicha salina. Y apartados de dicho Cayo Frances vieron una cosa blanca sobre la espuma del Agua que no distinguieron lo que podria ser y acercandose mas les parecio pajaro y a mas cerca dijeron los dichos Indios parece ina Niña y en estos discursos llegados reconocieron y vieron la Imagen de Nuestra Señora la Virgen Santisima con un Niño Jesus en los brazos sobre una tablita pequeña y en dicha tablita unas letras grandes las cuales leyo dichho Rodrigo de Joyos y decian Yo soy la Virgen de la Caridad y siendo sus vestiduras de ropaje se admiraban que no estaban Mojadas. Yen esto llenos de gozo y alegria cojiendo solo tres tercios [?]
[f. 14] de sal se vinieron para el Hato de Barajagua donde estaba Miguel Galan Mayoral de dicho hato y le dijerno lo que pasava de haber hallado a nuestra Señora de la Caridad, Y dicho mayoral muy contento y sin dilacion envio luego a Antonio Angola con la noticia de dicha Señora al Capitan don Francisco Sanchez de Moya que administraba las minas de dicho Lugar para que dispusiese lo que habia de hacer. Y mientras llegaba la noticia pusieron en la casa de vivienda de dicho Hato un altar de tablas y en el la Virgen Santisima con luz encendida. Y con la referida noticia el dicho Capitan don Francisco Sanchez de Moya envio orden al dicho mayoral Miguel Galan que viese una casa en dicho hato y que alli pusiese la Imagen de nuestra Señora de la Caridad. Y que siempre la tuviese con Luz ....

Ver documento original: http://humweb.ucsc.edu/elcobre/voices_apparition.html


(4) Los orígenes de la minería en Cuba. Las minas del Prado hasta 1600. Irene Wright, en La reforma social, pp, 460-61.

(5) Petición de Juan Moreno al juez don Antonio Matienzo. Minas de Santiago del Prado, 13 de julio de 1677.


El capitán Juan Moreno, negro criollo y natural de las minas de Santiago del Prado de esta ciudad de (Santiago de) Cuba, por mi y en nombre de los demás negros criollos naturales de esta minas, esclavos que somos de Su Majestad, que Dios guarde y particularmente los que fuéremos nombrados en la dirección y alcance.... parecemos ante (Vuestra Merced) en la mejor vía y forma que haya lugar en derecho y decimos que por cuanto todos los más negros y mulatos criollos de estas minas somos casados y tenemos nuestras familias que siempre hemos sustentado quieta y pacíficamente, estando ocupados cuando se ha ofrecido en el trabajo de las minas, (las) fábricas de la Santa Iglesia, y demás en que se nos ha ocupado en ocasiones de rebate. Y como leales vasallos de Su Majestad hemos acudido con toda prontitud a nuestra costa y mención, guardando y obedeciendo todas las órdenes de los superiores y demás justicia de la Ciudad de (Santiago de) Cuba en que nos han ocupado, así en esto como en rancherías y palenques de negros esclavos fugitivos de los vecinos de toda esta Isla (a quienes) hemos apresado. (Hemos estado) deseando siempre mayores ocasiones del Real servicio (y) que nos ocuparan para conseguir acciones militares grandes. Que aunque no se nos premiaran sólo quedaremos contentos de haberlas conseguido. Y siendo como es esto tanta verdad, y se hallara entre nosotros estar con grande prevención para la ocasión y defensa de la plaza de (Santiago de) Cuba u cualquier otro lugar, que aunque es verdad que todos sus vecinos lo están también y que conseguirán cualquier acción, en todo, cuanto se ha ofrecido ocasión de alguna novedad, los Señores gobernadores nos han ocupado haciendo memoria de nosotros, aunque (seamos) negros humildes esclavos de Nuestro Rey y Señor, por haber reconocido quizá nuestro buen deseo.
Y ha venido a nuestra noticia que los que llegaremos a quedar en el alcance que dicen hará Nuestro Rey y Señor a nuestro amo don  Francisco en muchos esclavos (que) se han de sacar de Vuestra Merced para llevarnos a la ciudad de La Habana. Y porque parece (que) el amor de nuestra patria y nuestros trabajos nos mueven a suplicar a Vuestra Merced que si es posible se nos conceda de merced que quedemos en nuestro pueblo pagando tributo, conforme el estilo que se dispusiere, mientras buscamos (los medios) para (comprar) nuestra libertad, o lo que más bien se dispusiere por derecho en que de equidad y piedad por Vuestra Merced debemos ser amparados en nombre de nuestro Rey y Señor (y) habiendo lugar para ello.
Por tanto, a Vuestra Merced pedimos y suplicamos nos haya por presentados mandando concedernos licencia, que será justicia y merced que pedimos y lo más (necesario? ilegible).


Juan Moreno


Minas de Santiago del Prado, trece de julio de mil seiscientos setenta y siete, Ministerio de Cultura, Archivo General de Indias, Sevilla, Santo Domingo 1631, fols. 451, 424-52v, 425v.

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